miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los Tejados

El título de este blog no está escogido al azar, es un homenaje a mi primera novela. Quizá nunca vea la luz, seguro que nunca verá la luz, pero sin duda, siempre será lo mejor que nunca he escrito. Por ingenua, por sencilla, por inesperada. Porque fue ella quien me hizo escritora.



Aquí os dejo los tejados que inspiraron a los Hermanos Grimm y, a continuación, los que me inspiraron a mí. Ambos son tan dulces como el chocolate. Saboread despacito el regalo que os hacemos.

Hansel y Gretel - Hermanos Grimm

Hansel y Gretel eran dos niños muy pobres que vivían con su humilde padre y su madrastra cerca de un espeso bosque. Como la comida era muy escasa, un día la egoísta madrastra convenció a su marido para llevarlos al medio del bosque y abandonarlos a su suerte.

Hansel y Gretel habían escuchado la conversación y cuando eran llevados con engaños dejaron migajas de pan en el camino para poder regresar a casa. Lamentablemente, al intentarlo se dieron cuenta de que los pájaros se habían comido las migajas que dejaron por el sendero. Perdidos en el bosque, pasaron la noche temblando de frío y de miedo por los animales feroces.

Al amanecer, vieron un hermoso pájaro que les señalaba un camino. Lo siguieron y llegaron a una casita adornada con sabrosos dulces y galletas, y un delicioso tejado de chocolate. Pero al acercarse, fueron atrapados por una bruja que se alimentaba de niños. Al ver que ambos estaban muy flaquitos los cebó durante algunos días para que engordaran. Cuando llegó el día de comérselos, Gretel aprovechó que la bruja se acercó al horno para empujarla y cerrar la puerta.

De inmediato, Gretel liberó a Hansel y juntos recogieron las joyas y perlas que guardaba la bruja. Corrieron sin dirección hasta que hallaron una laguna donde un cisne blanco les ayudó a cruzar hasta la otra orilla. Muy cerca encontraron su casa y a su padre entristecido. Éste les contó que la madrastra había muerto, les pidió perdón por haberlos abandonado y les juró que ya siempre estarían juntos. Entonces los niños abrieron sus bolsos y mostraron los tesoros que traían. Todos se abrazaron y en adelante vivieron sin sufrimientos.

Tejados de Chocolate - Gloria Cambrón

Los tejados son algo fascinante. Cientos de superficies picuditas cortando el horizonte, sin otro objeto que proteger a las personas que bajo ellos están. Son como libros abiertos y puestos en equilibrio boca abajo. Y, al igual que los libros, con muchas historias en su interior. Historias de buenos, de malos, de valientes, de cobardes, de alegría, de pena, de amor y desamor..., o de todo a la vez. Historias siempre incompletas, de las que siempre se puede escribir un capítulo más, para bien o para mal.

Debajo de ellos, cientos de ventanas cerradas, abiertas o a medio abrir. Y la vida pasando delante de tus ojos. Solo tienes que mirar. Solo tienes que apoyarte en la baranda y dejar pasar el tiempo para contemplar cómo discurre la vida de otros. El atardecer es el mejor momento, cuando esa mezcla de claroscuros no te deja ver bien en la distancia y tienes que sumarle la imaginación a tu mirada. Cuando las ventanas se iluminan, la realidad se muestra tal cual, pero una sombra mal definida, puede desatar la fantasía y crear una historia de la nada, sintiéndola como real, cuando solo existen en tu cabeza y en tu mirada.

Las antenas son el complemento perfecto a todo este paisaje. Parecieran manos alzándose hacia el cielo, pidiendo clemencia por los actos realizados o ayuda por los que nos gustaría que ocurrieran. A veces, de repente, aparece una un poquito más alta que las demás, majestuosa, queriendo alcanzar el cielo antes que ninguna otra y llevarse la ansiada ayuda. Así permanecen quietas, inertes, insensibles a lo que les rodea. Solo parecen cobrar vida cuando sopla el viento y, entonces, todas empiezan a moverse, a uno y otro lado, como queriendo quebrarse. Bailan al son del viento, tensándose ante sus envites. Y luego, poco a poco, vuelven lentamente a frenarse en su movimiento hasta quedar quietas y expectantes a la espera de una nueva brisa que las haga vibrar.

En medio del bosque de antenas, son poco comunes las veletas con su siempre leve oscilación. Las hay que son gallos orgullosos, otras arqueros certeros y otras cigüeñas protectoras, pero todas otean el horizonte en busca de ese soplo que les de vida. Afiladas y desafiantes, se enfrentan lo mismo al sosiego que al huracán, al Sol que a la lluvia, al día que a la noche, pero sin perder nunca su dignidad de veleta. A la caída de la tarde, es su momento más esperado. Cuando esa ligera brisa que se produce al intercambio entre el Sol y la Luna las sacude ligeramente y las contrae haciendo crujir su metal. Es como si hablaran entre ellas y al mundo, a la vez. Solo hay que saber escuchar en el silencio.

Pero si algo le da vida a los tejados, son sus azoteas. Telas tendidas al viento con su mezcla de tamaños y colores. La parsimonia de una madre tendiendo las ropas de sus hijos contrastando, algunas veces, con la celeridad en su recogida ¿Quién no ha visto correr apresurado a alguien para rescatarlas de una lluvia inesperada? Ese ¡corre, corre! nervioso y, hasta desesperado, como si el Sol nunca más fuera a aparecer sobre la faz de la Tierra. Y el imaginado suspiro de alivio al llegar a casa con las ropas medio mojadas.

Negruzcos o rojizos; de teja o de cañizo; de madera o de metal; los tejados cubren espacios de vida a la que protegen y apaciguan ante las inclemencias de la propia vida.